Caminando por la ciudad
Estoy erróneamente convencido en el hecho de que al caminar puedo desenredar la madeja de mis problemas, pensamientos, sentimientos. Eso empezó en unas vacaciones en Neiva, donde vi a la sobrina de la esposa de mi tío, ya no con 12 (como la recordaba) si no con 17. No tenía idea de su edad, y yo tendría por ahí unos 21 o 22, no sé. Pero después de que la vi, quedé tragado. Tan tragado que dentro de mi universalmente amplia experiencia con las mujeres declaré mis sentimientos por teléfono, dándome un estrepitoso golpe contra el mundo al recibir la obvia negativa. Y caminé una tarde completa por la ciudad, viendo gente, sintiendo el viento y el sol inmundo de las 2, y dándole vueltas a la cosa. Nunca resolví nada. Solo que debía dejar pasar y ya. Aprender de la cagada. Más adelante supe que ella estaba con un tipo con quien aún hoy sigue, en una de esas relaciones que parecen una competencia de resistencia. Y de vez en cuando la saludo, obvio, ella prevenida, yo indiferente.
Y hoy se me dio por caminar. Una verdad que me mortifica merecía ser sofocada con un recorrido por la ciudad. Eso lo decidí mientras iba en el atestado Transmilenio.
Bajé en la estación de la 63, caminé y recordé.
Recordé mis primeros años en Bogotá, cuando iba a pie hasta la 64 con 13, cerca al SENA, a comprar elementos electrónicos para mis clases de arquitectura de computadores.
Recordé la ingenuidad con que recibía tarjetas en la calle y luego la sorpresa que me llevaba al darme cuenta lo que estaban ofreciendo: "chicas, chicas".
Recordé a la señora especial que vende dulces, todo el día sentada frente a un "chuzo paisa", con una sonrisa que proyecta felicidad absoluta. Algo realmente envidiable. Recordé también a la señora alta que frente al Olímpica arribita de la 17 vendía bolsas, y ahora vende dulces.
Recordé el sitio donde vivía antes, a doña Cecilia y su quejadera constante por la plata y la situación, y a don Bernardo con su mal genio, su curtido aspecto de mecánico y su olor a piel roja. A su hija, la doctora Claudia y al ingeniero Guillermo, ambos esposos, rayando los 45, que vivían allí por cuestiones económicas. Y a los perros, Yeiss, Arón y Luna, gigantes, cagones y malolientes, pero muy cariñosos.
Me acordé también de mi tío, que vive ahí cerquita, a la esposa y sus hijos, casi todos viviendo en Estados Unidos, unos trabajando en lo suyo pero otro en lo que caiga.
Caminé, respiré smog, vi muchas caras. Gente que salía de trabajar, supongo, con expresiones agotadas. Pero también muchas sonrisas, novios que recogían a sus parejas en uniforme, habitantes de la calle, y carros por todos lados.
Caminé, pensé, arrastré esa pesada madeja por todo el camino, pero no la desenredé.
Y hoy se me dio por caminar. Una verdad que me mortifica merecía ser sofocada con un recorrido por la ciudad. Eso lo decidí mientras iba en el atestado Transmilenio.
Bajé en la estación de la 63, caminé y recordé.
Recordé mis primeros años en Bogotá, cuando iba a pie hasta la 64 con 13, cerca al SENA, a comprar elementos electrónicos para mis clases de arquitectura de computadores.
Recordé la ingenuidad con que recibía tarjetas en la calle y luego la sorpresa que me llevaba al darme cuenta lo que estaban ofreciendo: "chicas, chicas".
Recordé a la señora especial que vende dulces, todo el día sentada frente a un "chuzo paisa", con una sonrisa que proyecta felicidad absoluta. Algo realmente envidiable. Recordé también a la señora alta que frente al Olímpica arribita de la 17 vendía bolsas, y ahora vende dulces.
Recordé el sitio donde vivía antes, a doña Cecilia y su quejadera constante por la plata y la situación, y a don Bernardo con su mal genio, su curtido aspecto de mecánico y su olor a piel roja. A su hija, la doctora Claudia y al ingeniero Guillermo, ambos esposos, rayando los 45, que vivían allí por cuestiones económicas. Y a los perros, Yeiss, Arón y Luna, gigantes, cagones y malolientes, pero muy cariñosos.
Me acordé también de mi tío, que vive ahí cerquita, a la esposa y sus hijos, casi todos viviendo en Estados Unidos, unos trabajando en lo suyo pero otro en lo que caiga.
Caminé, respiré smog, vi muchas caras. Gente que salía de trabajar, supongo, con expresiones agotadas. Pero también muchas sonrisas, novios que recogían a sus parejas en uniforme, habitantes de la calle, y carros por todos lados.
Caminé, pensé, arrastré esa pesada madeja por todo el camino, pero no la desenredé.
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