Antes (en la mañana).
Después (en la noche).
Nota mental: Hay que regar la matica más a seguido. En un apartamento de puros tipos, esta es una de las tareas más complicadas. Toca poner una alarma, o algo.
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Hablando hace unas semanas con una primita me recordaba en los primeros 6 meses de mi última relación, donde al igual que "casi" todos los buenos amantes abusamos de las propiedades de lo interminable, infinito, para asociarlo a los risueños sentimientos del momento. Declaraciones del corte "te amo de aquí a la luna" o "te amaré por siempre", incluyendo una buena carta de variaciones según el estilo del cliché son recurrentes e inevitables, ya que "tanto amor no cabe en el cuerpo, y toca sacarlo por algún lado".
No hay más mentira que la de declarar cualquier sentimiento como interminable. Si la vida misma es finita, ¿cómo lo va a ser un sentimiento, si se necesita un cuerpo animado y consciente para poder experimentarlo? Y aún suponiendo que el largo del infinito se encuentra limitado por la duración de la vida¹, solo es posible afirmar que es eterno si se hubiera vivido durante ese segmento de tiempo. Y obviamente eso no es posible, a menos de que el osado enamorado estuviera al borde de la muerte.
Otra gran mentira que uno mismo se propina de golpe en la cabeza, que va articulada con la anterior, es la del amor verdadero. ¿Cuándo un amor es falso (o al menos no verdadero -que son dos cosas diferentes)? ¿Quizás cuando el móvil es meramente orgánico, carnal? En todo caso lo que se quiere decir es que "este" es el legítimo. El último y más largo. Algo imposible, que puedo sustentar siguiendo la carreta que escribí acerca de lo infinito. Se puede sentir desde lo profundo del alma que es el que es, pero en realidad no lo es. Como sujeto experimental puedo testificar que se siente que sí es, hasta que se termina. ¿Y si no se termina? sencillo, es porque no le alcanzó la vida para darse cuenta que no lo era.
A pesar de las dos mentiras que he enunciado, no podemos parar de decirlas. ¿Cómo no afirmar que se sienten? Quizás porque el amor nos pone unas gafas con las que vemos el mundo de otra manera. O porque convencerse de esas vainas hace que la sangre herva más y mejor por el sentimiento. Es rico. Sin embargo es desagradable cuando al final de la relación te dicen: "¿Eran mentiras todo lo que dijiste que me ibas a amar? ¿Que las cosas no se iban a acabar?" Esas cosas pasan.
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¹ ¿Cómo así que el infinito tiene límites? Pues sí, a mí se me da la gana decir que aquí sí tiene un límite que podemos trazar. Si la vida es todo, el infinito es la vida mientras esta no se extinga.
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Por estos días he sido blanco recurrente de envidias, por aquello de que en el trabajo me dieron viernes, lunes y martes, y junto con el festivo del 7 de agosto en Colombia y el fin de semana, completo 6 días para disfrutar del clima abrasador de mi tierra. Uno sabe distinguir cuando alguien dice "que envidia" pero lo hace bien, frescos, felices por el bienestar ajeno, a cuando el comentario viene con pólvora.
Sentir envidia es natural, pienso yo. Un estado de autoflajelación proporcionado como la más profunda lamentación por el bienestar y éxito de los demás. Y esto no significa que yo no sienta envidia por los demás, ¡por supuesto que sí! pero trato de escupirla, porque son de las vainas que envenenan y viven agriándole a uno la jeta por vainas a las que no tiene lugar.
Y si usted, seño@ lector@, empezó a sentir envidia, ¡mejor olvídela! Me hice acreedor de ese permiso tan largo porque trabajé el sábado desde las 8 hasta las 10 de la noche, y el domingo desde las 8
de la mañana hasta las 6 de la tarde. ¿rico?
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El mundo es siempre el mismo. Las personas, por lo general, también. Sin embargo, extraños fenómenos se desatan en la cabeza de algunos, de forma esporádica, cubriendo la realidad de un velo que vuelve la realidad gris. A veces ese velo se disuelve, desaparece. Otras, simplemente se queda ahí por el resto de sus infelices vidas.
Los actores de la trágica comedia de la vida conspiran contra su miserable existencia de una forma sutil. La mayoría se confabulan, se burlan, hundiendo más a aquel que apenas se retuerce por no segar su vida.
En ocasiones, sin embargo, algunos de esos actores se reusan a su papel o sencillamente prefieren cambiar su personaje y deciden colaborar. Se sientan al lado del afligido, lo escuchan, le echan una mano. Le arrancan el velo, despacio, mostrándole de nuevo los hermosos colores de la vida.
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Hoy a eso de la 1:30 de la tarde, fui a almorzar con los muchachos del laboratorio al sitio de siempre, donde, como casi siempre a esa hora, toca hacer fila para coger mesa.
Bien a la entradita habían dos jóvenes sentadas, una de las cuales me pareció espectacular. No veía nada del cuerpo, solo su rostro, brazos y cabello. Me pareció muy linda, y a lo largo de todo el almuerzo no paré, de cuando en cuando, de mirarla. Desde donde me encontraba podía apreciar su lenguaje corporal, su gracia. Parecía muy fresca, despreocupada. Quizás ni se percató de su observador.
A la salida no resistí la tentación y la miré directo a los ojos. Una mirada de explorador, de curioso que quiere ver su alma a través de su ventana. Ella me miró también (¿curiosa?), desvió nerviosa su mirada pero regresó. Esto me emocionó mucho, sin embargo seguí mi camino.
Es la hora que todavía me lamento de mis acciones. ¿Qué hacer en esas circunstancias? No soy que los que aprovechan ese tipo de oportunidades. Soy de los que deja pasar esas situaciones únicas en la vida. De aquellos que estúpidamente ven cómo se arrebatan a sí mismo estos momentos, y esperan, fatuos, una oportunidad que jamás volverá. Al menos no con la misma mujer.
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